¿Qué hace falta para que alguien actúe? ¿Qué los menores se quiten la vida de verdad? ¿Qué los albergues colapsen en titulares? ¿Qué llegue la prensa nacional y desnude lo que en Áncash ya es un secreto a gritos?
Luis Antonio Valverde Cueva, muy bien podría llamarse “El Ausente” y nadie notaría la diferencia. Tiene un cargo rimbombante, de esos que suenan a redención social: Gerente de Desarrollo Social del Gobierno Regional de Áncash. Nada menos. El problema es que ese “desarrollo” que debería defender ha sido reemplazado por algo más habitual en la región: la indiferencia institucional, la desidia organizada, la burocracia del abandono.
Valverde, según cuentan sus súbditos de turno, porque subordinados no tiene, llevaría más de dos semanas desaparecido del mapa, convertido en una suerte de leyenda urbana. Nuestro equipo de prensa lo ha buscado más que a la honestidad en las licitaciones. La respuesta es siempre la misma: “está en comisión”. Qué cómodo es desaparecer envuelto en una comisión. En el Perú, “estar en comisión” es el equivalente burocrático de «estoy en Narnia».
Pero la realidad, esa que no entra en los partes oficiales, golpea. Dos adolescentes intentaron quitarse la vida en uno de los albergues bajo responsabilidad directa de su gerencia. Repito: dos menores de edad. Un albergue. Dos vidas al borde del colapso. Y el señor Valverde, ¿Dónde estaba? En algún paraíso paralelo, probablemente elaborando una “estrategia de intervención integral” que no saldrá de su carpeta de escritorio. O quizás simplemente no estaba, como casi nunca lo está.
La tragedia no termina allí. Todos los albergues de la región están sumidos en el olvido, sin atención médica, sin alimento digno, sin personal calificado. Los niños, adolescentes, personas con discapacidad y adultos mayores que deberían recibir protección estatal, sobreviven como pueden en condiciones que harían llorar hasta al más endurecido tecnócrata. Pero a Valverde no se le mueve ni una ceja. No hay atisbo alguno de sensibilidad social. Nada. Cero.
La Gerencia de Desarrollo Social se ha convertido en un despacho ornamental, una oficina vacía que sirve solo para estampar sellos en papeles que nadie lee. Su titular, el señor Valverde, es un gerente sin gestión, sin presencia, sin alma. Deberían poner su retrato en la entrada con un cartel que diga: “Aquí despacha el ausente”.
¿Qué hace falta para que alguien actúe? ¿Qué los menores se quiten la vida de verdad? ¿Qué los albergues colapsen en titulares? ¿Qué llegue la prensa nacional y desnude lo que en Áncash ya es un secreto a gritos?
Pero claro, en la república del silencio, donde los gerentes se esconden en “comisiones” y los gobernadores prefieren no incomodarse, la omisión también se premia. Quizás Valverde está siendo considerado para otro cargo más alto, como premio a su habilidad para esquivar la realidad.
Al fin y al cabo, en Áncash, la política no es un servicio: es una costumbre de impunidad.